11 de agosto de 2025
Carta
Pastoral a la Iglesia de León
Un Mismo
Padre, Una Misma Casa, Un Mismo Señor
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede
recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha
ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro
gozo.” (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento
Conclusivo de Aparecida, Aparecida 207. 29)
Llego a León con el corazón abierto y con la certeza de que hoy recibo en mi corazón el mejor regalo que Dios puede darme: encontrarlo en medio de su pueblo, a través del rostro de cada uno de ustedes. Y ojalá que, desde ya, podamos juntos vivir una Iglesia que sea como una familia y que tenga a Cristo en el centro. Que nuestra relación vaya más allá de ser simplemente “obispo” y “curas”, y que podamos recordar siempre que estamos unidos por el Bautismo, por un Dios al que podemos llamar Papá. Que nuestra jornada en este Arzobispado esté siempre guiada por nuestro Papá, un Papá que nace y renace en la alegría y que nos invita a salir al encuentro de los demás; a ser una Iglesia que funcione como un hospital de campaña, que recibe, acompaña y cura a los heridos de la vida. Que podamos caminar juntos, como hermanos, aprendiendo cada día a escucharnos, a cuidarnos y, sobre todo, a anunciar con nuestra vida que Dios no abandona a ninguno de sus hijos.
Antes que nada, quiero hacer un homenaje a mi hermano, el Cardenal Zuriel, quien hasta ahora ha sido el pastor de esta linda Iglesia. Quiero agradecerle, ante todo, por el camino recorrido, por cada gesto de cercanía, por cada entrega a este Arzobispado, con la absoluta certeza de que, con su ministerio, fue sembrando muchas semillas en esta Iglesia de León que darán lindos frutos. Porque cuando uno llega a una comunidad, no llega a una tierra vacía. Llega a una historia que ya comenzó, a una familia que ya camina, a una Iglesia que ya tiene rostros, nombres, heridas, alegrías y esperanzas.
Por eso, mi querido hermano Zuriel, quiero decirte: gracias. Gracias por haber cuidado de este pueblo que hoy también me toca recibir y acompañar. Lo que hoy recibo de tus manos no es solamente una responsabilidad, sino una historia viva, una comunidad que amas y que has servido. Y quiero que sepas que llego no para borrar lo que se hizo antes, ni para empezar una historia nueva, sino para continuar caminando sobre las huellas que ya existen. Porque en la Iglesia nadie comienza de cero. Cada uno de nosotros recibe una historia y está llamado a entregarla un poquito más fecunda a quien vendrá después.
También recibo hoy una Iglesia que ya tiene una historia viva, y sé que recibo una Iglesia con muchos rostros. Rostros de jóvenes que llevan en su corazón una historia, miedos, esperanzas, maneras distintas de vivir la vida y de mirar al mundo. ¡Y qué lindo es poder vivir la fe y aprender a ver el mundo entre ustedes!
Y justamente porque recibo una Iglesia que ya tiene una historia, también sé que recibo una Iglesia con muchos rostros. Rostros distintos, historias distintas, maneras distintas de mirar la vida y de vivir la fe. Y doy gracias a Dios por eso. Porque la unidad que Jesús nos pide no es la uniformidad. Jesús no nos pidió que todos fuéramos iguales, que pensáramos de la misma manera o que tuviéramos las mismas sensibilidades. Nos pidió algo mucho más grande: que fuéramos uno (Jn 17, 21). Que fuéramos hermanos porque cenamos alrededor de la misma mesa.
Y quizás sea justamente esta palabra, “hermano”, la que quisiera que marcara el comienzo de mi camino entre ustedes. Antes de cualquier título, antes de cualquier responsabilidad, antes incluso de ser llamados a servir de una manera particular dentro de la Iglesia, con nuestras funciones, hay algo que nos une y que nadie puede quitarnos: somos hijos de un mismo Papá.
El Bautismo nos hizo hermanos. Y qué hermoso sería que nunca dejáramos de vivir desde esa certeza. Que en nuestra comunidad, en nuestro Arzobispado, en nuestros grupos de WhatsApp, en nuestras celebraciones y también en los momentos en los que nos toque afrontar dificultades, podamos volver siempre a lo esencial: somos una familia reunida alrededor de la misma mesa, alimentada por el mismo Pan y enviada por el mismo Señor. No quisiera que mi llegada a León significara simplemente el cambio de una persona por otra. Sé que Zuriel se quedó por mucho tiempo en este Arzobispado y que ustedes vivieron algo lindo juntos. Pero hoy quisiera que fuera una oportunidad para volver a mirar aquello que verdaderamente nos une y para recordar que la Iglesia no es nuestra, sino de Cristo. Y que juntos, una vez más, podamos todos mirar hacia Él.
A fin de cuentas, es Él quien nos reúne, Él quien nos sostiene, Él quien nos enseña a llamarnos hermanos. Y las cosas solo tienen sentido cuando todo lo que hacemos lo hacemos por Él, para Él y en memoria de Él (1 Cor 11, 24).
Por eso, amados hermanos, mi deseo para este Arzobispado de León es bastante sencillo: que podamos caminar juntos. Que podamos aprender a alegrarnos con las alegrías de nuestros hermanos y a cargar juntos sus dolores. Que nadie tenga que sentirse solo dentro de la Iglesia. Que cuando uno esté cansado, encuentre a otro que pueda sostenerlo; cuando uno tenga miedo, encuentre una mano que lo acompañe; cuando uno se aleje, encuentre siempre una puerta abierta para regresar. Cuando uno no sepa las respuestas, que podamos rezar. Que no tengamos miedo de llorar, de sentir, de vivir el amor y la unidad.
Quiero que León sea una Iglesia que sepa abrazar. Una Iglesia que no tenga miedo de acercarse, de escuchar, de perdonar, de comenzar nuevamente. Una Iglesia que no tenga miedo de llorar. Una Iglesia que no espere que las personas estén bien para acercarse a ellas, sino que sepa encontrarlas justamente allí donde la vida las ha dejado. Una Iglesia que, cuando vea a un hermano bajón, pueda acercarse. Una Iglesia que, cuando uno falte, el otro pueda extrañar su ausencia. Una Iglesia donde haya espacio para todos, todos, todos y todos.
Y quizás ese sea el camino que hoy comenzamos juntos: aprender cada día un poco más a vivir como hermanos, no solamente porque compartimos una misma fe, sino porque hemos descubierto que en Cristo ya somos una sola familia.
Por eso, termino esta carta recordándoles a todos, una vez más, que nunca olvidemos que tenemos un mismo Padre. Que nunca olvidemos que tenemos una misma casa. Que nunca olvidemos que tenemos un mismo Señor. Y que nunca estamos solos.
Y que, cuando llegue el momento de mirar hacia atrás, podamos decir que durante nuestro camino en León no hicimos simplemente muchas cosas juntos, sino que aprendimos algo mucho más importante: a caminar como hermanos y a vivir como una familia que tiene su mirada fija en el rostro humano de Dios: Jesús.
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