Carta Pastoral | Exp. N⁰ 001/2026

ARQUIDIÓCESIS METROPOLITANA DE LEÓN
CARTA PASTORAL N.º 001/2026
CARD. ZURIEL ARIZMENDI
POR GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA
ARZOBISPO METROPOLITANO DE LEÓN

EXHORTACIÓN PASTORAL
"UT UNUM SIT"
SOBRE LA UNIDAD ECLESIAL

todos los presbíteros, diáconos, religiosas y fieles que lean estas nuestras letras:

A través de esta exhortación, queridos hijos, es deber nuestro, como pastor de esta grey, confirmar en la unidad a todos aquellos que, mediante el don del Espíritu Santo, permanecen en el amor y en la unidad de la fe.

"Que todos sean uno" (Jn 17, 21). Este es el deseo manifestado por Nuestro Señor al Padre: una súplica sencilla, pero profundamente significativa; un ruego que brota del corazón redentor de Cristo, como misterio perfecto de amor y fidelidad.

"Yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad" (Jn 17, 23).
Con estas palabras, el Señor nos recuerda que todo aquel que permanece en Él, y en quien permanece la gracia de la salvación, es llamado a alcanzar la perfección de la unidad.

Es por esto, queridos hijos, que a través de la claridad del evangelio y a la luz del magisterio de la iglesia somos invitados a reflexionar y ser consientes sobre la misión mas próxima que ha sido impuesta sobre cada uno de nosotros; guardar la fe mediante la unidad, a través de un solo cuerpo: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos" (Ef 4, 5-6).

SOBRE LA UNIDAD EN LA IGLESIA PRIMITIVA

La Santa Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesucristo sobre el fundamento de los apóstoles, nació desde sus primeros días como signo visible de unidad, de comunión y de perseverancia en la verdad revelada. No fue constituida como una multitud dispersa por intereses individuales, sino como un solo cuerpo unido en la caridad, bajo la acción santificadora del Espíritu Santo.

Los Hechos de los Apóstoles testimonian con claridad la vida de aquella Iglesia naciente: “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”. En estas pocas palabras se encuentra contenida la esencia misma de la vida eclesial: una comunidad reunida no alrededor de ambiciones humanas, sino alrededor de Cristo resucitado.

Así, la Iglesia primitiva comprendió que la unidad no era una simple conveniencia organizativa, sino un don sagrado confiado por Dios a sus hijos. La comunión entre los fieles, la obediencia a la enseñanza apostólica y la perseverancia en el amor fraterno constituían la manifestación visible de la presencia de Cristo en medio de su pueblo.

En tiempos recientes, también el Santo Padre Papa León XIV ha recordado a toda la Iglesia la importancia de custodiar la unidad visible entre los cristianos, evocando el testimonio de los primeros siglos y el legado del santo Concilio de Nicea. En su discurso a los participantes del Simposio “Nicea y la Iglesia del Tercer Milenio”, afirmó:

“La unidad que anhelan los cristianos no será fruto, ante todo, de nuestros propios esfuerzos (...), sino un don recibido mediante la acción del Espíritu Santo”.

Estas palabras nos recuerdan que la verdadera unidad no nace de intereses humanos ni de proyectos personales, sino de la obediencia común a Cristo y de la permanencia humilde dentro de la comunión eclesial.

Ya desde los primeros siglos, los santos Padres defendieron con firmeza esta unidad. San Ignacio de Antioquía exhortaba a los fieles diciendo: “Donde está el obispo, allí está la Iglesia”, recordando que la comunión eclesial jamás puede subsistir plenamente fuera de la obediencia legítima y de la unidad visible del Cuerpo de Cristo.

De igual forma, San Cipriano de Cartago enseñaba: La Iglesia es una sola, advirtiendo que toda división hiere profundamente la obra de Dios y desfigura el testimonio evangélico confiado a la Iglesia.

SOBRE LA HERIDA DEL CISMA Y LAS DIVISIONES

No obstante, queridos hijos, así como desde los primeros siglos la Iglesia tuvo que enfrentar persecuciones externas, también debió sufrir las heridas dolorosas de las divisiones internas, nacidas muchas veces del orgullo, de la desobediencia y del deseo desordenado de prevalecer sobre los demás.

Toda ruptura de la comunión eclesial constituye una herida infligida al mismo Cuerpo de Cristo. El cisma no nace únicamente cuando se separan estructuras visibles; comienza antes, en el corazón que abandona la humildad, rechaza el discernimiento y antepone el interés personal al bien común de la Iglesia.

También nuestra comunidad, llamada a ser instrumento de evangelización y testimonio cristiano dentro de los espacios digitales, experimenta hoy el dolor de estas divisiones. Observamos con preocupación cómo surgen comunidades separadas, no siempre impulsadas por un verdadero celo apostólico o por el deseo sincero de extender el Evangelio, sino muchas veces motivadas por el afán de reconocimiento, por la búsqueda precipitada de dignidades eclesiásticas o por el deseo de ejercer autoridad sin el debido discernimiento espiritual.

El ministerio jamás puede comprenderse como instrumento de prestigio humano. Ningún oficio dentro de la Iglesia existe para la exaltación personal, pues toda autoridad auténticamente cristiana nace del servicio, de la obediencia y de la caridad;
El que quiera ser el primero, que sea servidor de todos (Mc 10, 44).

Por ello, resulta profundamente contrario al espíritu evangélico convertir la evangelización digital en un escenario de competencia, protagonismo o ascenso personal. La Iglesia no se edifica sobre ambiciones humanas, sino sobre la fidelidad perseverante al Señor y sobre la comunión con sus legítimos pastores.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el cisma consiste en “el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos”. Por ello, toda comunidad que se aparta deliberadamente de la unidad visible corre el riesgo de debilitar el testimonio evangélico y sembrar confusión entre los fieles.

SOBRE LA PERSEVERANCIA EN EL SERVICIO Y EL DISCERNIMIENTO

Amados hijos, el Señor no llama a sus servidores a buscar los primeros puestos, sino a permanecer fieles en el trabajo humilde y constante. La verdadera grandeza dentro de la Iglesia no se encuentra en los títulos, sino en la capacidad de amar, servir y perseverar incluso en el silencio y en la entrega cotidiana.

El crecimiento auténtico dentro de la comunidad eclesial debe darse orgánicamente, mediante el discernimiento, la formación, la obediencia y la madurez espiritual. Ninguna dignidad puede ser considerada una recompensa humana ni un derecho adquirido por ambición personal. Antes bien, todo ministerio debe ser recibido con temor de Dios y con profunda conciencia de responsabilidad pastoral.

San Agustín de Hipona recordaba que muchos desean el honor del episcopado, pero pocos comprenden verdaderamente el peso del servicio pastoral. Estas palabras conservan plena actualidad también para nosotros.

Por tanto, exhortamos paternalmente a todos los fieles de nuestra comunidad a perseverar en la unidad, a rechazar toda rivalidad y vanagloria, y a trabajar juntos por el crecimiento espiritual de la Iglesia, manteniéndose siempre en comunión con el Santo Padre Benedicto VIII, con la sede matriarca de nuestra comunidad y con aquellos pastores legítimamente constituidos para el servicio del Pueblo de Dios.

Nadie debe apresurarse a ocupar funciones para las cuales aún no ha sido preparado mediante el discernimiento y la experiencia. La paciencia, la humildad y la obediencia continúan siendo caminos seguros de santificación y auténtico servicio eclesial.

LLAMADO A LA COMUNIÓN ECLESIAL

En tiempos marcados por la fragmentación, la división y el individualismo, estamos llamados a ser signo visible de reconciliación y de comunión fraterna. No permitamos que el orgullo, las rivalidades o los intereses personales destruyan aquello que el Señor ha confiado a nuestras manos.

Permanezcan firmes en la fe, perseverantes en el amor y constantes en el servicio. Que toda obra evangelizadora nacida dentro de nuestra comunidad tenga siempre como fundamento la caridad, la humildad y la obediencia eclesial.

Elevamos finalmente nuestra oración para que el Espíritu Santo conserve a esta comunidad en la unidad perfecta, fortalezca a quienes trabajan con sinceridad por el Reino de Dios y conceda conversión y discernimiento a quienes se han dejado llevar por el deseo de división o protagonismo.

Que María Santísima, Madre de la Iglesia, interceda por nosotros y nos mantenga siempre unidos bajo un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo.

Reciban mi bendición pastoral y la paz que solo proviene de Cristo Jesús.

Dado en León, a los Once (11) días del mes de Mayo del año del Señor dos mil veintiséis (2026); bajo nuestro sello y firma.

† Zuriel Card. Arizmendi
 Emmo. Sr. Zuriel Card. Arizmendi
Arzobispo Metropolitano de León


+ Elías Tapia
+ S. E. Mons. Elías Tapia
Arzobispo Coadjutor de León

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Referencias:
[1] Sagrada Escritura, biblia de Jerusalén. 
[2] San Ignacio de Antioquía, Carta a los Esmirniotas, VIII.
[3] San Cipriano de Cartago, De unitate Ecclesiae, 6.
[4] San Agustín de Hipona, Sermones sobre los pastores
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2089.
[6] Lumen Gentium, 23.
[7] Unitatis Redintegratio, 1.
[8] Ut Unum Sint, 9.
[9] Evangelii Gaudium, 93-97.
[10] Papa León XIV, Discurso a los participantes del Simposio “Nicea y la Iglesia del Tercer Milenio”, 7 de junio de 2025.

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