CAPÍTULO IX
DE LA FORMACIÓN Y LA EVANGELIZACIÓN
Can. 76 – La formación impartida en el Seminario Mayor San Agustín constituye un deber prioritario de esta Arquidiócesis Metropolitana, a fin de preparar dignamente a los futuros ministros del altar y a quienes colaboran en la obra de la evangelización. Esta formación es sistemática, orgánica, espiritual y pastoral, fiel al Magisterio de la Iglesia.
Can. 77 – La estructura formativa se compone de tres bloques principales:
§1. El primer bloque, denominado etapa propedéutica, introduce a los seminaristas en la vida espiritual, el discernimiento vocacional y los fundamentos de la doctrina católica.
§2. El segundo bloque, denominado formación al diaconado, aprofunda en la teología, la liturgia, la pastoral y el servicio eclesial.
§3. El tercer bloque, denominado formación al presbiterado, capacita para el ejercicio del ministerio sacerdotal en todas sus dimensiones.
§4. Cada bloque consta de tres clases obligatorias y concluye con un examen evaluativo. La aprobación del bloque es requisito indispensable para avanzar en el proceso formativo.
Can. 78 – La asistencia a las clases, actividades, celebraciones y momentos de oración del Seminario es obligatoria para todos los seminaristas. Quien incurra en inasistencias injustificadas será sometido a discernimiento por parte del formador y del Rector del Seminario.
Can. 79 – El acompañamiento espiritual y pastoral de los nuevos miembros que ingresan a la comunidad es una responsabilidad que compete a los formadores, seminaristas mayores y presbíteros designados. Este acompañamiento debe realizarse con caridad, prudencia y fidelidad al Evangelio.
Can. 80 – Todos los agentes pastorales, especialmente quienes participan en el Seminario, están llamados a cultivar el ardor misionero y a anunciar a Cristo con fidelidad y alegría, tanto en el entorno digital como en las actividades propias de la Arquidiócesis.
Can. 81 – Todo proceso formativo debe estar orientado a la configuración progresiva del alma con Cristo Buen Pastor. Por ello, se exige que los participantes mantengan una vida sacramental frecuente, sean dóciles a la dirección espiritual y practiquen con constancia la oración personal y comunitaria.